El peso de la calma.
El café humeaba en la taza de hierro fundido, un ancla de calor en el fresco aire de la mañana. La luz del jardín, filtrándose a través de la pérgola, caía sobre ellos como un tinte de oro pálido, desdibujando los límites entre sus pieles y el follaje de hortensias y lavandas que los rodeaba. El hombre sostenía la taza, con la mirada fija en el horizonte borroso, allí donde terminaba el jardín y comenzaba el día. Había algo de supervivencia en su expresión; no de la que huye del peligro, sino de la que ha atravesado la tormenta y ahora aprecia el peso de la calma con una intensidad casi dolorosa. Cada línea de su rostro, cada hebra de su barba salpicada de gris, parecía contar las estaciones vividas, los inviernos superados y las primaveras que llegaron tarde, pero llegaron. La mujer, con el mismo vestido blanco que el día en que se conocieron, apoyaba la cabeza en su hombro. Sus ojos, grandes y serenos, reflejaban la luz difusa y el jardín que los cobijaba. En su sonrisa había u...