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El abrigo pesado del alba.

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  El motor del Chevy viejo tosía cada vez que frenaba en el semáforo de la Cuarta con Elm. Miguel se pasó una mano por la nuca, sintiendo el sudor frío pegado a la piel. Llevaba una chaqueta de mezclilla gastada que le quedaba un poco chica en los hombros, un abrigo pesado de paño oscuro, y una caja de herramientas herrumbrosas en el asiento del copiloto que sonaba a fierros viejos cada vez que tomaba una curva cerrada. Eran las tres de la mañana. No había casi nadie en la calle. Estacionó frente al 14 de la calle Maple. Era una casa de una sola planta, con pintura verde descascarada en el porche y un jardín delantero lleno de maleza donde un flamenco de plástico yacía tirado boca abajo. Miguel apagó el motor. Se quedó un momento mirando el tablero, escuchando cómo el metal del auto crujía al enfriarse en el aire húmedo de la madrugada. Salió y caminó por el sendero de gravilla. Llevaba una libreta arrugada en el bolsillo del pantalón con nombres y direcciones, anotados con lápiz p...

Cuando las hojas caen.

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  El otoño ha descendido sobre el mundo con una elegancia sombría. Las tardes se acortan, el aire se vuelve más frío y los árboles comienzan, poco a poco, a desprenderse de aquello que durante meses los sostuvo. Observo las hojas arder en ámbar, cobre y rojo oscuro antes de caer. Algunas giran en el aire durante unos segundos; otras se desprenden sin resistencia. Hay algo profundamente melancólico en ese abandono, pero también algo sereno. Como si la naturaleza supiera, mejor que nosotros, que hay cosas que solo pueden conservarse dejándolas ir. También nosotros acumulamos años, recuerdos y viejas heridas. Nos aferramos a personas, lugares y versiones de nosotros mismos que alguna vez fueron necesarias, aunque ya no lo sean. Confundimos la permanencia con la lealtad y, a veces, llamamos amor a nuestro miedo de soltar. Quizá por eso el otoño nos resulta tan familiar. Nos recuerda que desprenderse no siempre es perder. Que hay silencios que no son vacío, sino descanso. Que incluso la...

El sexto ciclo.

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Todavía conservo una vieja caja de cartón al fondo del armario. A veces me pregunto por qué nunca la tiré. No es bonita. Tiene las esquinas vencidas, una mancha de humedad en la tapa y el nombre de una tienda que ya no existe estampado en un costado. Dentro guardo cosas que, durante años, preferí no mirar: mapas trazados a medias, proyectos que se desmoronaron antes de nacer, fotografías que ya no sé por qué conservé y algunas promesas escritas con una tinta que el tiempo ha ido borrando. Durante mucho tiempo pensé que aquella caja contenía mis fracasos. Por eso apenas la abría. Cuando lo hacía, sentía que cada papel venía a recordarme algo que no había sabido hacer bien. El trabajo que perdí. El viaje que nunca hice. Las decisiones que tomé demasiado tarde o demasiado pronto. Todo aquello que, en algún momento, me había hecho pensar que quizá había algo defectuoso en mí. Anoche volví a abrirla. No sé qué me llevó hasta el armario. Tal vez fue la lluvia. Tal vez la noche tenía esa clas...

El peso de la madera y el sueño de Jack.

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  El hombre dejó la talla sobre la mesa de la cocina. Era de madera de tilo, densa y pálida, sin barnizar. Hacía días que trabajaba en ella. Había lijado las arrugas de la frente del hombre y la curvatura de la columna del perro hasta que casi le dolían las yemas de los dedos. —Es él —dijo la mujer desde la puerta del cuarto de atrás. No había entrado en la cocina en toda la tarde. —Sí, es él —respondió el hombre. Se secó las manos en los pantalones de mezclilla—. Jack. El perro, un viejo criollo color caramelo, estaba echado a sus pies, en el mismo rincón que siempre elegía. Su respiración era un silbido suave y rítmico. Sus ojos, una vez brillantes como ámbar, ahora tenían un velo lechoso. El hombre se sentó a la mesa, frente a su creación. La escultura lo mostraba a él, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, y a Jack acurrucado entre sus muslos, con la cabeza apoyada en su rodilla. La postura era tan conocida que no había necesitado pensársela. Jack había dormido así dur...

La peor idea del mundo.

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  Ella apoyó la espalda contra la pared y lo miró como si estuviera esperando una respuesta que ninguno de los dos se atrevía a formular. —Todavía puedes irte. Él se acercó apenas un poco. —Tú también. Ella sonrió. —Entonces ninguno de los dos tiene intención de hacerlo. La sonrisa de él desapareció cuando volvió a besarla. Esta vez no hubo preguntas. Más tarde, cuando la lluvia comenzó a golpear las ventanas, ella permaneció unos instantes en silencio, con la cabeza apoyada en su hombro. —No pienso hablar de esto mañana. —¿Por qué? —Porque si lo hacemos, tendremos que admitir que fue una pésima idea. Él soltó una risa. —¿Y lo fue? Ella levantó la cabeza y lo miró. —Pregúntamelo mañana. Texto: Kena Rosas. ©Todos los derechos reservados. Imagen con finalidad ilustrativa, los derechos pertenecen a su respectivo autor.

La taza azul.

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  El hombre de la barba gris se despertó temprano. La luz se filtraba por las sábanas de algodón y daba un tono frío a la habitación, a su piel, a la piel de ella. En el aire quedaba el olor del alcohol y de la cena que habían dejado a medias sobre la mesa de la cocina. La botella seguía abierta junto a dos copas, una de ellas con una marca de carmín en el borde. Ella dormía con el cabello oscuro esparcido sobre la almohada. Él intentó moverse sin hacer ruido, pero las articulaciones le crujieron en el silencio. Miró su cara. Las líneas alrededor de los ojos se habían hecho más profundas, pero al dormir todavía tenía aquella expresión tranquila que él recordaba de cuando eran jóvenes. Pensó en el río. En aquella mañana de hacía muchos años en que ella perdió un zapato al cruzar las piedras y él la sujetó del brazo para que no cayera. Ella se rio mientras intentaba recuperar el equilibrio, con el pantalón empapado hasta las rodillas. Él también. Después siguieron caminando. Durante ...

La luz.

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  La luz de la mañana, esa luz descolorida y grisácea que se filtra a través de las ventanas con manchas de aceite de un taller en el norte, golpeó el rostro de Arthur un miércoles de esos que se parecen a todos los demás miércoles. Arthur, un hombre con la cara surcada por los años y el polvo de metal, estaba de pie ante su banco de trabajo. Había estado allí desde las seis de la mañana, trabajando en un engranaje desgastado de una prensa vieja, la herramienta con la que se ganaba la vida a duras penas. El taller olía a ozono, grasa rancia y al café frío de su termo. ​A su lado, Buster, el perro de raza mixta que era su sombra, su único compañero constante desde que la casa se había quedado vacía, estaba sentado sobre el suelo de cemento. Buster, un cruce de pastor y algo más pequeño, con un pelaje oscuro y hocico gris, miraba a Arthur con una devoción silenciosa que a veces resultaba inmerecida. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían decir: "No sé cuál es el plan, Art, pero est...