El abrigo pesado del alba.
El motor del Chevy viejo tosía cada vez que frenaba en el semáforo de la Cuarta con Elm. Miguel se pasó una mano por la nuca, sintiendo el sudor frío pegado a la piel. Llevaba una chaqueta de mezclilla gastada que le quedaba un poco chica en los hombros, un abrigo pesado de paño oscuro, y una caja de herramientas herrumbrosas en el asiento del copiloto que sonaba a fierros viejos cada vez que tomaba una curva cerrada. Eran las tres de la mañana. No había casi nadie en la calle. Estacionó frente al 14 de la calle Maple. Era una casa de una sola planta, con pintura verde descascarada en el porche y un jardín delantero lleno de maleza donde un flamenco de plástico yacía tirado boca abajo. Miguel apagó el motor. Se quedó un momento mirando el tablero, escuchando cómo el metal del auto crujía al enfriarse en el aire húmedo de la madrugada. Salió y caminó por el sendero de gravilla. Llevaba una libreta arrugada en el bolsillo del pantalón con nombres y direcciones, anotados con lápiz p...