La luz.
La luz de la mañana, esa luz descolorida y grisácea que se filtra a través de las ventanas con manchas de aceite de un taller en el norte, golpeó el rostro de Arthur un miércoles de esos que se parecen a todos los demás miércoles. Arthur, un hombre con la cara surcada por los años y el polvo de metal, estaba de pie ante su banco de trabajo. Había estado allí desde las seis de la mañana, trabajando en un engranaje desgastado de una prensa vieja, la herramienta con la que se ganaba la vida a duras penas. El taller olía a ozono, grasa rancia y al café frío de su termo. A su lado, Buster, el perro de raza mixta que era su sombra, su único compañero constante desde que la casa se había quedado vacía, estaba sentado sobre el suelo de cemento. Buster, un cruce de pastor y algo más pequeño, con un pelaje oscuro y hocico gris, miraba a Arthur con una devoción silenciosa que a veces resultaba inmerecida. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían decir: "No sé cuál es el plan, Art, pero est...