El sexto ciclo.
Todavía conservo una vieja caja de cartón al fondo del armario. A veces me pregunto por qué nunca la tiré. No es bonita. Tiene las esquinas vencidas, una mancha de humedad en la tapa y el nombre de una tienda que ya no existe estampado en un costado. Dentro guardo cosas que, durante años, preferí no mirar: mapas trazados a medias, proyectos que se desmoronaron antes de nacer, fotografías que ya no sé por qué conservé y algunas promesas escritas con una tinta que el tiempo ha ido borrando. Durante mucho tiempo pensé que aquella caja contenía mis fracasos. Por eso apenas la abría. Cuando lo hacía, sentía que cada papel venía a recordarme algo que no había sabido hacer bien. El trabajo que perdí. El viaje que nunca hice. Las decisiones que tomé demasiado tarde o demasiado pronto. Todo aquello que, en algún momento, me había hecho pensar que quizá había algo defectuoso en mí. Anoche volví a abrirla. No sé qué me llevó hasta el armario. Tal vez fue la lluvia. Tal vez la noche tenía esa clas...