El peso de la madera y el sueño de Jack.
El hombre dejó la talla sobre la mesa de la cocina. Era de madera de tilo, densa y pálida, sin barnizar. Hacía días que trabajaba en ella. Había lijado las arrugas de la frente del hombre y la curvatura de la columna del perro hasta que casi le dolían las yemas de los dedos. —Es él —dijo la mujer desde la puerta del cuarto de atrás. No había entrado en la cocina en toda la tarde. —Sí, es él —respondió el hombre. Se secó las manos en los pantalones de mezclilla—. Jack. El perro, un viejo criollo color caramelo, estaba echado a sus pies, en el mismo rincón que siempre elegía. Su respiración era un silbido suave y rítmico. Sus ojos, una vez brillantes como ámbar, ahora tenían un velo lechoso. El hombre se sentó a la mesa, frente a su creación. La escultura lo mostraba a él, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, y a Jack acurrucado entre sus muslos, con la cabeza apoyada en su rodilla. La postura era tan conocida que no había necesitado pensársela. Jack había dormido así dur...