Cuando las hojas caen.
El otoño ha descendido sobre el mundo con una elegancia sombría. Las tardes se acortan, el aire se vuelve más frío y los árboles comienzan, poco a poco, a desprenderse de aquello que durante meses los sostuvo. Observo las hojas arder en ámbar, cobre y rojo oscuro antes de caer. Algunas giran en el aire durante unos segundos; otras se desprenden sin resistencia. Hay algo profundamente melancólico en ese abandono, pero también algo sereno. Como si la naturaleza supiera, mejor que nosotros, que hay cosas que solo pueden conservarse dejándolas ir. También nosotros acumulamos años, recuerdos y viejas heridas. Nos aferramos a personas, lugares y versiones de nosotros mismos que alguna vez fueron necesarias, aunque ya no lo sean. Confundimos la permanencia con la lealtad y, a veces, llamamos amor a nuestro miedo de soltar. Quizá por eso el otoño nos resulta tan familiar. Nos recuerda que desprenderse no siempre es perder. Que hay silencios que no son vacío, sino descanso. Que incluso la...