El quinto ciclo.
Hay desiertos que no aparecen en los mapas y durante mucho tiempo habité uno gobernado por el miedo. No sabía que el amor no es un sacrificio, que no es un juego de espejos donde, al amar lo suficiente, el reflejo del otro me confirmaría que yo existía. Estuve atrapada, escuchando murmurar al miedo. Él me decía que cualquier paso que diera afuera de ese desierto me quitaría el reflejo que tanto añoraba. En el silencio perdí mi voz y dejé que hablaran las promesas vacías que auguraban días de cielos en calma. No comprendía que esas promesas y juramentos se transforman en un peso muerto en vida. Ahí, encerrada en ese silencio, poco a poco me convertía en una estatua, en una reliquia dentro de mi propia historia. Sin saber cuánto tiempo llevaba así, el cansancio de fingir que todo estaba bien me venció. Lentamente comencé a cuestionar aquellas promesas y juramentos de lealtad eterna. Comprendí que el amor no se mide por la intensidad del desgaste. El miedo que antes me impedía mover...