Cuando las hojas caen.
El otoño ha descendido sobre el mundo con una elegancia sombría. Las tardes se acortan, el aire se vuelve más frío y los árboles comienzan, poco a poco, a desprenderse de aquello que durante meses los sostuvo.
Observo las hojas arder en ámbar, cobre y rojo oscuro antes de caer. Algunas giran en el aire durante unos segundos; otras se desprenden sin resistencia. Hay algo profundamente melancólico en ese abandono, pero también algo sereno. Como si la naturaleza supiera, mejor que nosotros, que hay cosas que solo pueden conservarse dejándolas ir.
También nosotros acumulamos años, recuerdos y viejas heridas. Nos aferramos a personas, lugares y versiones de nosotros mismos que alguna vez fueron necesarias, aunque ya no lo sean. Confundimos la permanencia con la lealtad y, a veces, llamamos amor a nuestro miedo de soltar.
Quizá por eso el otoño nos resulta tan familiar.
Nos recuerda que desprenderse no siempre es perder. Que hay silencios que no son vacío, sino descanso. Que incluso la tristeza puede ser una forma de preparación.
Después vendrá el invierno. La tierra parecerá inmóvil y los árboles permanecerán desnudos, como si hubieran olvidado la primavera. Pero debajo de esa quietud algo seguirá ocurriendo, lejos de nuestros ojos.
Tal vez nosotros también necesitemos ese tiempo.
Dejar caer alguna certeza. Guardar silencio. Aceptar el vacío sin apresurarnos a llenarlo.
Porque quizá renacer no consista en recuperar lo perdido, sino en aprender a vivir sin aquello que ya cumplió su tiempo.
Y mientras las hojas siguen cayendo, queda una pregunta sencilla, casi incómoda:
¿Qué estás dispuesto a dejar ir?
Texto y fotografía: Kena Rosas. ©Todos los derechos reservados.

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