Tregua.
La luz de la mesita de noche temblaba un poco, como si tuviera frío. Él, con la pijama azul oscuro, la misma que se había puesto después de limpiar las marcas de lápiz labial del espejo, la abrazó con fuerza. Ella, con los ojos cerrados y el vestido negro que aún no se había quitado, buscó su calor. Hacía días que no se sentían tan cerca. Tan reales. El papel tapiz, lleno de estrellas, planetas y cabras con cuernos, parecía moverse en la penumbra. Antes les había parecido extraño, casi ridículo. Una compra impulsiva. Quizá un error. Ahora, con el peso de ella sobre su pecho, él miró una de aquellas cabras suspendidas entre los planetas y pensó que, después de todo, no estaba tan mal. —¿Estás despierta? —preguntó. Su voz salió áspera, apenas un susurro. Ella no respondió. Solo respiró más despacio, acompasándose poco a poco con él. Él le besó suavemente la frente y dejó los labios un instante sobre su cabello. En la habitación quedaban todavía demasiadas cosas sin decir. Él pensó ...