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Mostrando entradas de agosto, 2026

La taza azul.

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  El hombre de la barba gris se despertó temprano. La luz se filtraba por las sábanas de algodón y daba un tono frío a la habitación, a su piel, a la piel de ella. En el aire quedaba el olor del alcohol y de la cena que habían dejado a medias sobre la mesa de la cocina. La botella seguía abierta junto a dos copas, una de ellas con una marca de carmín en el borde. Ella dormía con el cabello oscuro esparcido sobre la almohada. Él intentó moverse sin hacer ruido, pero las articulaciones le crujieron en el silencio. Miró su cara. Las líneas alrededor de los ojos se habían hecho más profundas, pero al dormir todavía tenía aquella expresión tranquila que él recordaba de cuando eran jóvenes. Pensó en el río. En aquella mañana de hacía muchos años en que ella perdió un zapato al cruzar las piedras y él la sujetó del brazo para que no cayera. Ella se rio mientras intentaba recuperar el equilibrio, con el pantalón empapado hasta las rodillas. Él también. Después siguieron caminando. Durante ...

La luz.

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  La luz de la mañana, esa luz descolorida y grisácea que se filtra a través de las ventanas con manchas de aceite de un taller en el norte, golpeó el rostro de Arthur un miércoles de esos que se parecen a todos los demás miércoles. Arthur, un hombre con la cara surcada por los años y el polvo de metal, estaba de pie ante su banco de trabajo. Había estado allí desde las seis de la mañana, trabajando en un engranaje desgastado de una prensa vieja, la herramienta con la que se ganaba la vida a duras penas. El taller olía a ozono, grasa rancia y al café frío de su termo. ​A su lado, Buster, el perro de raza mixta que era su sombra, su único compañero constante desde que la casa se había quedado vacía, estaba sentado sobre el suelo de cemento. Buster, un cruce de pastor y algo más pequeño, con un pelaje oscuro y hocico gris, miraba a Arthur con una devoción silenciosa que a veces resultaba inmerecida. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían decir: "No sé cuál es el plan, Art, pero est...

El quinto ciclo.

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  Hay desiertos que no aparecen en los mapas y durante mucho tiempo habité uno gobernado por el miedo. No sabía que el amor no es un sacrificio, que no es un juego de espejos donde, al amar lo suficiente, el reflejo del otro me confirmaría que yo existía. Estuve atrapada, escuchando murmurar al miedo. Él me decía que cualquier paso que diera afuera de ese desierto me quitaría el reflejo que tanto añoraba. En el silencio perdí mi voz y dejé que hablaran las promesas vacías que auguraban días de cielos en calma. No comprendía que esas promesas y juramentos se transforman en un peso muerto en vida. Ahí, encerrada en ese silencio, poco a poco me convertía en una estatua, en una reliquia dentro de mi propia historia. Sin saber cuánto tiempo llevaba así, el cansancio de fingir que todo estaba bien me venció. Lentamente comencé a cuestionar aquellas promesas y juramentos de lealtad eterna. Comprendí que el amor no se mide por la intensidad del desgaste. El miedo que antes me impedía mover...