La luz.

 

La luz de la mañana, esa luz descolorida y grisácea que se filtra a través de las ventanas con manchas de aceite de un taller en el norte, golpeó el rostro de Arthur un miércoles de esos que se parecen a todos los demás miércoles. Arthur, un hombre con la cara surcada por los años y el polvo de metal, estaba de pie ante su banco de trabajo. Había estado allí desde las seis de la mañana, trabajando en un engranaje desgastado de una prensa vieja, la herramienta con la que se ganaba la vida a duras penas. El taller olía a ozono, grasa rancia y al café frío de su termo.

​A su lado, Buster, el perro de raza mixta que era su sombra, su único compañero constante desde que la casa se había quedado vacía, estaba sentado sobre el suelo de cemento. Buster, un cruce de pastor y algo más pequeño, con un pelaje oscuro y hocico gris, miraba a Arthur con una devoción silenciosa que a veces resultaba inmerecida. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían decir: "No sé cuál es el plan, Art, pero estoy contigo".

​Arthur dejó la lima sobre el banco y se frotó las manos con un trapo grasiento. Se sentía cansado. Un cansancio que iba más allá de los músculos, un peso en el pecho que no se levantaba ni siquiera cuando el trabajo salía bien. Miró a Buster y suspiró.

​—Vamos a tomar un descanso, muchacho —dijo Arthur. La voz sonó demasiado fuerte en el taller silencioso.

​Buster se levantó de un salto, contento por el simple cambio de postura, y le siguió hacia la pequeña oficina anexa. Arthur se sirvió una taza de café del termo y se sentó en la silla coja. Buster se tumbó a sus pies, apoyando la cabeza en sus botas de trabajo.

​Arthur sacó una carta arrugada del bolsillo de su chaqueta de lona azul, la misma que había llevado durante los últimos diez años. Era de su ex mujer, Clara. Vivía en la costa ahora, con un hombre que vendía barcos. La carta no decía nada nuevo, solo cosas sobre el clima, una nueva receta que había probado, y una mención casual de que su nuevo compañero había arreglado la barandilla del porche. Arthur se quedó mirando la letra cursiva y ordenada de Clara durante un buen rato. Habían pasado tres años desde que se fue, y la herida, aunque ya no sangraba, seguía siendo una zona sensible, un lugar donde la piel era demasiado delgada.

​Se levantó y caminó hasta la ventana, mirando hacia el patio trasero del taller. Había un montón de chatarra de metal oxidado y, al fondo, una cerca de malla que no servía para mucho. Buster se había levantado y ahora estaba a su lado, mirando hacia la misma ventana, con las orejas ligeramente erguidas.

​—Ya sé, ya sé —dijo Arthur, acariciando la cabeza del perro—. Todo va a estar bien. Algún día.

​Pero la palabra "algún día" se sentía hueca, como un cascarón de nuez.

​Esa misma tarde, el teléfono sonó en la oficina. Arthur lo cogió, esperando un cliente preguntando por una reparación que no podía pagar.

​—¿Arthur? —era la voz de su hermano, Frank. Sonaba extraño, como si estuviera a punto de llorar o de pedir dinero.

​—¿Frank? ¿Qué pasa?

​—Es papá. Tuvo un derrame cerebral. Está en el hospital de la ciudad.

​Arthur se quedó paralizado. El auricular se le resbaló un poco en la mano. Su padre. No habían hablado desde hacía más de un año, desde una discusión por teléfono sobre un cortacésped que Arthur le había prestado.

​—¿Cómo está? —preguntó Arthur, su voz un susurro.

​—Mal. Dicen que no va a recuperar el conocimiento. Los médicos… dicen que es cuestión de horas.

​Arthur colgó el teléfono y se quedó mirando la pared. Todo parecía estar sucediendo en cámara lenta. El taller, con su olor familiar y su desorden, de repente se sintió como un lugar extraño y hostil.

​—Vamos, Buster —dijo Arthur.

​Se subieron a su vieja camioneta Ford, con Buster en el asiento del pasajero. El viaje a la ciudad fue largo. Arthur condujo en silencio, con las manos apretadas en el volante, mientras la lluvia caía sin cesar contra el parabrisas. Pasaron por granjas desoladas, gasolineras cerradas y tramos de carretera interminables.

​Llegaron al hospital cuando ya había oscurecido. La sala de espera olía a desinfectante y a café rancio, el mismo olor que su taller, pero más limpio, más impersonal. Frank y su esposa, Sarah, estaban allí. Frank se levantó cuando vio a Arthur.

​—Arthur —dijo Frank, y le dio un abrazo torpe. Sarah asintió con la cabeza.

​—¿Cómo está? —volvió a preguntar Arthur.

​—Nada ha cambiado —dijo Frank—. Los médicos dijeron que podríamos entrar a verlo uno por uno.

​Arthur entró en la habitación. Su padre estaba tumbado en la cama, conectado a un montón de máquinas que pitaban rítmicamente. Tenía un aspecto frágil, con la piel pálida y ajada. Un tubo le ayudaba a respirar. No parecía el hombre que le había enseñado a pescar y le había gritado cuando rompió el martillo.

​Arthur se acercó a la cama y se sentó en una silla de plástico. Se quedó mirando a su padre. No había palabras que decir. Todo lo que había quedado sin decir entre ellos ahora parecía irrelevante. Se sentó allí durante lo que pareció una eternidad, con la mano de su padre, fría y sin vida, entre las suyas.

​Cuando salió de la habitación, Frank y Sarah estaban allí.

​—¿Quieres quedarte con nosotros esta noche? —preguntó Frank.

​Arthur negó con la cabeza. —No, gracias. Me voy a quedar en el motel de la carretera, el 'Sunset'.

​Buster estaba esperándolo en la recepción del motel. Habían preparado una pequeña cama para él en la esquina de la habitación, pero el perro se tumbó a los pies de la cama de Arthur. Arthur se acostó, pero no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, escuchando el sonido de la lluvia y el zumbido de la nevera.

​Pensó en su padre. Pensó en Clara. Pensó en el engranaje de la prensa que había dejado a medio terminar en el taller. Pensó en todas las cosas que había hecho y las que había dejado de hacer. Se sentía atrapado en una vida que no había planeado, una vida de soledad y trabajo duro, una vida que no parecía tener un propósito claro.

​A la mañana siguiente, el hospital llamó. Su padre había muerto.

​Arthur, Frank y Sarah hicieron los preparativos para el funeral. Todo fue rápido y eficiente, como una reparación mal hecha. No hubo muchas lágrimas, solo un sentimiento de vacío y un alivio silencioso de que el sufrimiento hubiera terminado.

​Después del funeral, Arthur y Frank se sentaron en el porche de la casa de su padre. Estaban bebiendo unas cervezas que habían encontrado en la nevera.

​—La casa es tuya —dijo Frank—. Papá dejó un testamento. Todo para ti.

​Arthur miró la casa. Había crecido allí. Estaba llena de recuerdos, buenos y malos.

​—No sé qué voy a hacer con ella —dijo Arthur.

​—Puedes venderla —dijo Frank—. O mudarte aquí. Podrías trabajar en el taller de la ciudad.

​Arthur se quedó pensativo. Vendió su casa hace un año para pagar las deudas del taller. Había estado viviendo en el apartamento encima de la suya desde entonces.

​—Ya veremos —dijo Arthur.

​Buster, que había estado durmiendo a sus pies, se levantó y puso la cabeza en el regazo de Arthur.

​—Él siempre te ha querido mucho —dijo Frank, refiriéndose a Buster—. Incluso cuando estaba enfadado contigo.

​Arthur acarició la cabeza del perro. —Sí. Lo sé.

​Esa noche, Arthur regresó al taller. Había pasado casi una semana desde que lo dejó. El engranaje de la prensa seguía allí, en el mismo lugar. El taller estaba frío y silencioso.

​Arthur se puso su chaqueta de lona, tomó el trapo grasiento y se acercó a la banco de trabajo. Buster se sentó a su lado. Arthur tomó la lima y comenzó a trabajar de nuevo en el engranaje.

​El sonido rítmico de la lima contra el metal resonó en el taller. Arthur no sabía lo que le deparaba el futuro. No sabía si vendería la casa de su padre, si volvería a ver a Clara, o si el taller seguiría abierto el próximo mes. Pero en ese momento, con el olor a grasa y el sonido de la lima, y con Buster a su lado, se sentía más en paz de lo que se había sentido en mucho tiempo. La luz del día empezaba a filtrarse por las ventanas sucias, una luz gris y descolorida, pero era su luz. Y él estaba allí, trabajando. Eso era todo lo que importaba.


Texto: Kena Rosas. ©Todos los derechos reservados.

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