La taza azul.

 


El hombre de la barba gris se despertó temprano. La luz se filtraba por las sábanas de algodón y daba un tono frío a la habitación, a su piel, a la piel de ella. En el aire quedaba el olor del alcohol y de la cena que habían dejado a medias sobre la mesa de la cocina. La botella seguía abierta junto a dos copas, una de ellas con una marca de carmín en el borde.

Ella dormía con el cabello oscuro esparcido sobre la almohada. Él intentó moverse sin hacer ruido, pero las articulaciones le crujieron en el silencio. Miró su cara. Las líneas alrededor de los ojos se habían hecho más profundas, pero al dormir todavía tenía aquella expresión tranquila que él recordaba de cuando eran jóvenes.

Pensó en el río. En aquella mañana de hacía muchos años en que ella perdió un zapato al cruzar las piedras y él la sujetó del brazo para que no cayera. Ella se rio mientras intentaba recuperar el equilibrio, con el pantalón empapado hasta las rodillas. Él también. Después siguieron caminando.

Durante años, cuando hablaban de aquel día, ella decía que había sido la primera vez que él la había salvado.

Él siempre decía que solo le había agarrado del brazo.

Se acordó de la mudanza. De las cajas apiladas en el pasillo, de los libros que ya no sabían dónde poner y de las cosas que habían decidido no dejar atrás. Entre ellas estaba la taza azul.

La habían conservado durante mucho tiempo a pesar de una pequeña grieta en el asa. No era bonita ni tenía ningún valor. La habían comprado hacía tantos años que ninguno recordaba dónde. Quizá en una gasolinera durante un viaje. Quizá en una tienda junto al río. Cada uno tenía una versión distinta.

—La taza viene con nosotros —había dicho ella.

La envolvió en una camiseta vieja y la metió entre dos toallas para que no se rompiera.

La taza había pasado por tres casas, dos cocinas y una época en la que apenas se hablaban. Había sostenido cafés demasiado fuertes en las mañanas difíciles, té cuando alguno estaba enfermo y, una vez, las llaves de la casa mientras las buscaban desesperados. 

Ahora estaba otra vez en la cocina.

Él podía verla desde la cama, sobre la mesa, junto a la botella abierta de la noche anterior.

Pensó en todo lo que había cabido allí dentro sin que la taza cambiara de tamaño.

Las discusiones. Las reconciliaciones. Los viajes que salieron mal. Las llamadas que no querían recibir. Las mañanas en que uno de los dos se levantaba antes que el otro y dejaba café preparado. Las veces que habían pensado que ya no podían seguir y, sin embargo, habían seguido.

El sol empezó a calentar la habitación. Él cerró los ojos un momento. Los recuerdos llegaron y pasaron. Esta vez no intentó detenerlos.

Ella se movió. Le rozó el pecho con una mano suave.

Abrió los ojos y lo miró.

No dijeron nada.

Ella deslizó la mano hasta su hombro. Él cubrió sus dedos con los suyos.

No era la certeza de que todo estuviera bien. Algunas cosas seguían doliendo. Algunas quizá nunca dejarían de hacerlo.

Pero ella seguía allí.

Él se inclinó y la besó en la frente. Ella cerró los ojos y sonrió apenas.

Al cabo de unos minutos, ella se levantó de la cama.

Él la escuchó caminar descalza hasta la cocina. Oyó el grifo, el ruido de la cafetera y después el pequeño golpe de una taza contra la encimera.

Cuando volvió, llevaba la taza azul entre las manos.

—Está fría —dijo ella.

Él sonrió.

—Ya la caliento.

Ella se sentó a su lado y le pasó la taza.

La sostuvo entre las manos, sintiendo el calor atravesar la cerámica. La pequeña grieta en el asa seguía allí.

Afuera empezaba el ruido de la calle.

Dentro, la luz azul de la habitación se había vuelto dorada.

Él bebió un sorbo de café y miró a la mujer que tenía al lado.

Habían perdido muchas cosas.

Aquella, por alguna razón, seguía entera.


Texto y fotografía: Kena Rosas. ©Todos los derechos reservados.

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