Tregua.

 


La luz de la mesita de noche temblaba un poco, como si tuviera frío.

Él, con la pijama azul oscuro, la misma que se había puesto después de limpiar las marcas de lápiz labial del espejo, la abrazó con fuerza. Ella, con los ojos cerrados y el vestido negro que aún no se había quitado, buscó su calor. Hacía días que no se sentían tan cerca. Tan reales.

El papel tapiz, lleno de estrellas, planetas y cabras con cuernos, parecía moverse en la penumbra. Antes les había parecido extraño, casi ridículo. Una compra impulsiva. Quizá un error. Ahora, con el peso de ella sobre su pecho, él miró una de aquellas cabras suspendidas entre los planetas y pensó que, después de todo, no estaba tan mal.

—¿Estás despierta? —preguntó.

Su voz salió áspera, apenas un susurro.

Ella no respondió. Solo respiró más despacio, acompasándose poco a poco con él. Él le besó suavemente la frente y dejó los labios un instante sobre su cabello.

En la habitación quedaban todavía demasiadas cosas sin decir.

Él pensó en el espejo. En las marcas que había borrado una por una hasta dejar el cristal limpio. Pensó en todo lo que no sabía cómo preguntar y en todo aquello que quizá ella tampoco sabía cómo responder.

Pero no se movió.

Siguió acariciándole la espalda, sintiendo cómo su respiración se volvía cada vez más profunda.

Quizá no hacía falta resolver aquella noche lo que llevaba días, semanas, quién sabía cuánto tiempo, esperando una respuesta.

Ella se movió ligeramente entre sus brazos y murmuró algo que él no entendió.

Él sonrió.

No era una sonrisa completa. Había tristeza todavía, y cansancio. Pero también había algo que se parecía al alivio.

Alargó la mano y apagó la luz.

La habitación quedó a oscuras.

Durante unos segundos, él esperó que regresara aquella sensación de vacío que había aprendido a reconocer tan bien, pero no llegó. Solo quedó el rumor de sus respiraciones y, detrás de los párpados cerrados, la certeza sencilla de que ella seguía allí.

La oscuridad ya no parecía hostil.

Parecía protegerlos.

Él cerró los ojos y la estrechó un poco más contra su pecho.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de saber qué ocurriría mañana.

Bastaba con aquella noche.

Bastaba con que se hubieran encontrado de nuevo.

Y, en algún lugar sobre sus cabezas, entre estrellas y planetas imposibles, las cabras espaciales guardaban silencio.


Texto y fotografía: Kena Rosas. ©Todos los derechos reservados.


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