El sexto ciclo.


Todavía conservo una vieja caja de cartón al fondo del armario.

A veces me pregunto por qué nunca la tiré.

No es bonita. Tiene las esquinas vencidas, una mancha de humedad en la tapa y el nombre de una tienda que ya no existe estampado en un costado. Dentro guardo cosas que, durante años, preferí no mirar: mapas trazados a medias, proyectos que se desmoronaron antes de nacer, fotografías que ya no sé por qué conservé y algunas promesas escritas con una tinta que el tiempo ha ido borrando.

Durante mucho tiempo pensé que aquella caja contenía mis fracasos.

Por eso apenas la abría.

Cuando lo hacía, sentía que cada papel venía a recordarme algo que no había sabido hacer bien. El trabajo que perdí. El viaje que nunca hice. Las decisiones que tomé demasiado tarde o demasiado pronto. Todo aquello que, en algún momento, me había hecho pensar que quizá había algo defectuoso en mí.

Anoche volví a abrirla.

No sé qué me llevó hasta el armario. Tal vez fue la lluvia. Tal vez la noche tenía esa clase de silencio que hace que uno escuche cosas que durante el día consigue mantener lejos.

Saqué la caja y me senté en el suelo.

Durante unos segundos no hice nada.

Solo apoyé las manos sobre la tapa.

Después la abrí.

El primer papel que encontré fue el contrato de aquel empleo que perdí de repente. Recordaba perfectamente lo que sentí cuando todo terminó: la vergüenza, el miedo, aquella sensación de haber retrocedido varios años de golpe.

Pero entonces vi algo que nunca había visto.

En uno de los márgenes, escrito con mi letra de entonces, había una frase:

«Ahora sé que puedo empezar de cero».

La leí dos veces.

Me costó reconocerme en esas palabras.

Seguí buscando.

Encontré el dibujo de un viaje que jamás realicé. Había una ruta marcada con lápiz, varios lugares rodeados con círculos y, debajo, una anotación pequeña:

«Aprendí a disfrutar de la quietud».

Me quedé sonriendo.

Más tarde apareció una hoja doblada tantas veces que el papel se había vuelto blando. Era de aquel tiempo en que despedirme de alguien me parecía el final de todo.

Al pie de la página había escrito:

«Entendí que mi felicidad no depende de nadie más».

Sentí algo en el pecho.

No era dolor.

Era algo más parecido al alivio.

Me quedé un rato rodeada de aquellos papeles, leyendo las palabras de una persona que ya no soy, pero que todavía reconozco en algunas noches.

Y entonces entendí algo que me hizo mirar la caja de otra manera.

Yo había creído que estaba guardando mis errores.

Pero no.

Había estado guardando las pequeñas cosas que aprendí después de ellos.

Cada pérdida había dejado una pregunta. Cada despedida, una respuesta que entonces no podía escuchar. Cada puerta que se cerró había obligado a alguna parte de mí a buscar otra salida.

Quizá por eso nunca pude tirar la caja.

Quizá, sin saberlo, había comprendido que un día necesitaría volver a ella.

Recogí los papeles despacio y los guardé de nuevo.

No intenté ordenarlos.

No hacía falta.

Al cerrar la tapa, pensé que el pasado no siempre necesita ser comprendido ni perdonado. A veces basta con dejar de pelearse con él.

Llevé la caja hasta el armario.

Antes de guardarla, me detuve.

Por primera vez no sentí que estuviera escondiendo algo.

La dejé en el mismo lugar de siempre, pero no cerré la puerta.

Me quedé mirando la caja unos segundos mientras la luz de la habitación entraba en la oscuridad del armario.

Entonces comprendí que quizá eso era crecer: no conseguir una vida sin heridas, sino aprender a abrir la puerta sin miedo a encontrarlas.

Apagué la luz y me fui a dormir.

Y aquella noche, por primera vez en muchos años, la caja no quedó a oscuras.


Texto y fotografía: Kena Rosas. ©Todos los derechos reservados.

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