Antes de que mi corazón se convirtiera en gorrión, me volví una "mujer de palabra". De niña lloraba incontrolablemente cuando sabía que vería al pediatra. La razón no estaba clara para el médico, para mis padres o para mí. No sabíamos el motivo de mi llanto. Un día, quizá cansada, dije a mi madre que no volvería a llorar al ir con el pediatra. Después de tal decisión, en la siguiente cita médica, todos notaron la ausencia de llanto. Así, después de haber derramado mil lágrimas, dejé el llanto atrás. Mi pediatra declaró que yo sería una "mujer de palabra" refiriéndose a que no faltaría a mis promesas. Claro que nadie sabía en ese entonces que tal observación se haría realidad y se convertiría en uno de los pilares de mi existencia: no prometo lo que no estoy dispuesta a cumplir. Mi problema con las promesas es tender a ser permisiva con las personas que amo... aunque también es verdad que cuando mi paciencia se agota, todo se va esfumando ...